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Mi Vocación: P. Avelino Bassols

30 octubre 2019 Publicado por Noticias, Testimonios 0 comentarios sobre “Mi Vocación: P. Avelino Bassols”

De niño y mas tarde de adolescente leía los relatos de misioneros en Asia, América y África con mucho entusiasmo. Naturalmente, en aquella época no me podía imaginar que acabaría viviendo en el corazón de África. Tampoco no estuvo nunca en mis planes ser sacerdote, y mucho menos misionero. De pequeño quería ser cartero, y cuando me preguntaban porqué contestaba “para traer buenas noticias a la gente”. Nunca me habría pensado que una parte de mi labor a lo largo de mi vida sería “traer buenas noticias a la gente”, no como cartero, sino como misionero en África.

La primera vez que pisé suelo africano fue en 1987. Al instante me enamoré del continente y de su gente y al cabo de un mes ya tenía claro que iba a pasar el resto de mi vida en Africa. El lugar donde aterricé fue en la zona árida de Turkana. Ciertamente hubo dificultades al principio, aunque con el tiempo las empiezas a relativizar. Como decía Jorge Manrique, “a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor”. Lo que también es cierto es que aunque un lugar pueda parecer inhóspito de entrada, con el tiempo te vas instalando, conoces las costumbres de la gente, sabes como moverte, y al final conviertes en tu propio hogar. Si me preguntan si he sido feliz en Turkana solamente puedo contestar afirmativamente. He sido muy feliz, lo sigo considerando mi hogar y de hecho, cuando al final dejé Turkana atrás estaba en la cúspide de trayectoria como misionero.

Fui ordenado para la diócesis de Lodwar en el norte de Kenia en 1992, y allí me estrené como sacerdote. En 2017 celebraba 25 años de sacerdocio, y algunos mas en Kenia. Fue entonces, durante unos ejercicios espirituales, que vi claro que era hora de dar un paso mas. Así pues, después de algunas vicisitudes, acabé en Ave María, en Sudán del Sur. Muchos preguntarán, donde se encuentra Ave María. Si trazamos una cruz sobre el continente africano de norte a sur, y de este a oeste, mas o menos en el centro está Ave María, es decir, verdaderamente en el corazón de África.

Llevo ahora diez meses en esta nueva misión. Ya no es una zona árida, sino una selva tropical. La gente aquí no pasa hambre, como en Turkana. Sin embargo, por el resto esta región está a años luz de Turkana. La cobertura sanitaria es prácticamente inexistente. La educación escolar es pésima. Y en general no hay servicios de nada. No hay ningún sistema bancario, ni correos, ni siquiera comercios donde se pueda comprar ni lo mas básico. Aquí parece que uno vive relegado a la Edad Media.

Como he mencionado arriba, la misión de Turkana tiene ciertamente sus retos. Sin embargo, las dificultades de la misión en Sudán del Sur superan con un margen bastante amplio las que había experimentado en Turkana, Kenia. Al mismo tiempo, siento que es aquí el lugar a donde se me ha llamado a estar. Al final esto es lo que llamamos vocación, no un empeño personal, sino una llamada. Y por muchas dificultades que un lugar puede suponer, cuando sabemos que es otro el que nos ha llamado, esto nos da fuerzas para superar cualquier obstáculo, pues al final la misión no es nuestra, sino del que nos ha llamado, y del que nos ha enviado a proclamar sus buenas noticias.

Avelino Bassols, MCSPA

Un Sueño del que No Quiero Despertar: Lourdes Larruy

30 octubre 2019 Publicado por Noticias, Testimonios 0 comentarios sobre “Un Sueño del que No Quiero Despertar: Lourdes Larruy”

Hace 24 años que conocí un estilo diferente de vivir y todavía me parece un sueño del que no quiero despertar.

De antes, recuerdo una sensación calmada propia de una familia alegre y apacible, pero al mismo tiempo una sensación de impotencia ante lo que pasaba en el resto del mundo. Desde que tengo uso de razón recuerdo a mi madre en la puerta de la casa donde vivíamos dando bocadillos a Tomasa, una señora gitana que tenía seis hijos de los que, creo, mi madre pagaba la escuela a tres. De niña le preguntaba a mi madre, y ¿por qué esta gente son tan pobres?

Luego crecí y de jovencita las cosas me iban bien, pero siempre seguí con esta sensación de insatisfacción. “¿Habrá algo más?”, pensaba. Muchas cosas me gustaban: los estudios, el grupo de amigos de la parroquia, los novios, pero nada parecía ser suficiente.

Hasta que un día, por obligación todo sea dicho, fui a una misa que se celebraba cada año en mi pueblo en un castillo en ruinas y para mi sorpresa el celebrante no era el de siempre. Apareció un sacerdote con barba que no era del pueblo: Paco, y la gente dijo que era el nuevo párroco de San Nicasio, una parroquia en un barrio marginal de las afueras que yo, nacida en el centro del pueblo, ni siquiera sabía que existía.

Después de la celebración, algo de dentro, no sé muy bien qué, me empujó a ir a saludarlo. Creo que le dije que me alegraba de que hubiera venido, o alguna ridiculez por el estilo. Iba acompañado de un grupo de chicos y chicas, que a mí me recordaron a los actores de “Jesucristo Superstar”, película que por aquel entonces estaba de moda. Yo iba con dos amigas de mi grupo de “scouts” y pensé que no me haría caso, pero de nuevo para mi sorpresa nos invitaron a cenar el siguiente jueves, a las ocho. Ese día a las seis y media alguien llamó por teléfono de parte del padre preguntando si me gustaban las lentejas…

Cuando fui con mis dos amigas todo me volvió a parecer de película: encontramos un grupo de gente que trabajaban juntos y se llevaban bien. Paco nos invitó a poner en pie el trabajo de una parroquia en la que el templo era un garaje y donde vivía seguramente la gente más pobre del pueblo. Esto a mi me llenó de ilusión. Por fin, podía hacer algo por ese mundo que tanto me entristecía.

Y ahí empezó una historia apasionante. Dábamos bocadillos a los niños gitanos que venían a la parroquia a ver qué conseguían -a veces robaban los monederos de las señoras en la misa-. Nos los llevábamos los fines de semana a la playa, a la montaña, les buscábamos médicos, conseguíamos leche para las escuelas pobres del pueblo, preparábamos las misas del domingo: preparábamos la liturgia, ensayábamos los cantos.

Para poder llevarnos a los niños en verano necesitábamos dinero para pagar el transporte y la comida, y para nuestra sorpresa hubo gente que nos ayudó ¡A nosotros, que éramos unos jóvenes melenudos! Desde entonces empecé a vivir la certeza de que Dios estaba ahí, dándome energía, fuerza y manifestando su providencia.

Paco me hablaba de las mujeres del Evangelio, y yo pensaba, ¿cómo no me había dado cuenta de que en el Evangelio aparecían mujeres, que lo dejaron todo por seguir a Cristo? “Las mujeres que habían venido con él desde Galilea” (Lc, 23, 55).

¿Por qué nadie me lo había explicado? ¡Qué interesante! Yo lo tenía cada vez más claro, esto es lo que quería para el resto de mi vida.

Los estudios y todo lo que me había propuesto me había ido siempre muy bien, pero por fin alguien me pro- ponía algo que me sobrepasaba; Dios, a través de este sacerdote, me proponía lo que ha sido un reto constante el resto de mi vida: intentar, indignamente, ser una mujer como las del Evangelio, valientes y generosas, testigos de la Resurrección de Jesús y por tanto, portadoras de vida hasta los confines de la tierra.

Las cosas entonces se empezaron a poner difíciles ya que no todo el mundo lo veía igual que yo, empezando por mis amigos y mi familia. Pero cuanto más difícil me lo ponían más segura estaba de lo que quería hacer (tengo que reconocer que en aquel entonces, la madurez para dialogar no era mi fuerte).

Iba a la universidad a estudiar filosofía y soñaba con poder estar completamente libre para lanzarme del todo y poder vivir en la comunidad que Paco había empezado con algunos jóvenes de su anterior parroquia.

Cuando les visitaba me dejaban cocinar, planchar, hablábamos durante horas. Las chicas hablaban de irse a África, era en 1983 cuando las primeras mujeres del grupo se fueron a Kenia. Me pareció tan interesante: vivir juntos, estudiar, viajar, ayudar a la gente que sufre, mejorar el mundo, eso es lo que yo quería.

Cuando me licencié en filosofía, ya había visitado Kenia y me puse a estudiar enfermería, que era lo que pedían para poder tener permisos de trabajo en África. A parte de estudiar, nos dedicábamos a reforzar la asociación civil que habíamos creado: Nuevos Caminos, bus- cando colaboradores y recogiendo fondos para ayudar a la gente en España y en Kenia. Por aquel entonces firmamos el primer contrato con la Unión Europea para un proyecto de salud en Turkana, Kenia… ¡nosotros! Nos dábamos cuenta de estar emprendiendo la mejor de las empresas: la de mejorar el mundo. Y con el mejor de los patrones, nuestro Padre, que nos hace participar de su humanidad y de su divinidad.

No todo ha sido un camino de rosas en estos años. Si me entristecía ver sufrir a tanta gente en este mundo, ahora me entristecía también ver que ese mismo mundo suele tratar mal a los que intentan que todo eso cambie. No siempre uno recibe el apoyo y la comprensión necesarios para seguir luchando por un mundo mejor.

A lo largo de los años, he vivido en diferentes países, en Kenia, en Alemania, en Etiopía, y ahora en México, y siempre con la seguridad de que cuento con una fuerza que no es mía.

Y el reto y las sorpresas continúan siempre, esa llamada que yo recibí continúa, la propuesta de Paco con su fuerza y autenticidad continúan ahí, y además otros jóvenes se han decidido a seguir este camino del Evangelio a través mío. Qué sorpresa, ¿no? Sueño cada día con los que vendrán, los que se añaden a ese grupo de mujeres y hombres a la luz de los que seguían a Cristo, que iban de lugar en lugar siendo testigos de algo grande.

Agradezco a Paco que se fijara en mí para llevar esta vida, a mis hermanos y hermanas en la fe, por esta aventura de quererse hasta el final y sobre todo, gracias al que todo lo ve, por estar ahí…

Aquí estoy, sabiéndome indigna de formar parte de esta historia humana y divina, que es como un sueño del que no quiero despertar y que debe ser como el Reino de los Cielos que empieza aquí en esta tierra, todavía llena de sufrimiento e incomprensión. Pero ya desde aquí intuimos, vislumbramos, la pálida sombra de Dios que nos espera con los brazos abiertos.

Lourdes Larruy, MCSPA

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