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Querida Etiopía

21 abril 2018 Publicado por Testimonios 0 comentarios sobre “Querida Etiopía”

Me llamo Sara, tengo 24 años y soy médico.

Este año, una vez terminados mis estudios me decidí por hacer algo que llevaba años esperando: Ayudar. Ayudar, en un continente al que prácticamente no llegan nuestras ayudas y las pocas que consiguen atravesar las fronteras no bastan. Ayudar en un país que sufre opresión desde hace más de 26 años y cuyo gobierno pretende mostrar al mundo que es un país autosuficiente a pesar de que año tras años los índices de mortalidad infantil por malnutrición nos muestran lo contrario. Quería ayudar, y no sólo económicamente sino con el corazón.

A pesar de ser médico y debido a mi inexperiencia, no quise dedicarme a continuar mi desarrollo profesional ahí. Me pareció que mi desarrollo personal era mucho más importante, y que a pesar de mis años de estudio tengo más que ofrecer como persona que como médico. Espero que eso no cambie por muchos años que pasen.

Decidí que mi destino sería Etiopía, con la Comunidad Misionera de San Pablo Apóstol, fue duro para mis padres. Realmente cualquier destino lo hubiese sido. Sólo escuchar las vacunas que necesitaba para viajar, llenaba de lágrimas los ojos de mi madre. Pero por suerte o por desgracia, soy una persona muy perseverante, y leyendo sobre el país, y tomando todo tipo de precauciones conseguí convencerlos, de que iba a ser una experiencia maravillosa y que no había nada que temer.

Llegué a Etiopía sin ninguna expectativa, sin mirar ni una sola foto, con tan sólo la imagen mental que yo misma me había formado. Y cómo me sorprendió…! Los terrenos áridos desaparecieron y se convirtieron en selvas que no tenían fin, el calor sofocante para el que me había preparado, se convirtió en lluvia constante y un frío que las capas de mantas no conseguían quitar. Pero sobretodo me sorprendieron los niños; que al llegar no se extrañaron de esa chica tan blanca con la cabeza rapada, sino que corrían desesperados detrás de mí o huyendo de mi entre risas.

A las pocas semanas de llegar a Etiopía, un amigo de la infancia nos dejó para siempre. Y yo le prometí que podría seguir viendo a través de mis ojos toda la vida que le quedó por ver. Decidí entonces que tenía que disfrutar esa experiencia con todo el corazón. Que no tenía que ver pobreza y lamentarme, sino intentar que mis acciones generasen sonrisas y felicidad. Eso era lo que quería que él viera y lo que quería para toda esa gente.

Han sido meses en mi vida en los que sólo he sentido amor. Cada día cuando salía de casa y oía a los niños gritar mi nombre desde el otro lado del valle; cuando llegaba al colegio y todos corrían a colgarse de mí; cuando las profesoras llegaban a clase con todas las ganas del mundo de aprender; cuando ves que alguien que no sabía sostener un lápiz consigue escribir sus primeros números;  cuando los agricultores conseguían saludarnos en inglés y nosotras devolverles el saludo en amárico. Una vez me pareció curioso, como a los niños les emocionaba que les diese medicinas o les curase una herida, entonces entendí que era el sentimiento de que alguien se preocupase de ellos lo que les hacía felices.

De los casi tres meses que estuve ahí, me llevo el recuerdo de gente maravillosa. Personas que se llenaban de sonrisas al ver como jugábamos con sus niños y realmente tenían interés por aprender y ser mejores. Madres valientes que cuidaban solas de sus hijos en un país es el que la niñera es su hija de 7 años, mientras ellas se dejan la piel trabajando para conseguir mantenerlos. Y a pesar de eso no dudan ni un segundo en invitarte a su casa y ofrecerte lo poco que tengan.

Me voy feliz de haber conocido a las misioneras que han estado trabajando muchos años en Etiopía y han conseguido aprender ese idioma, que algún día aprenderé; y que dedican su vida a mejorar la vida de todos los que están a su alcance. Me llevo a personas como yo, que creen que poniendo el corazón todo puede mejorar.

Por último me quedo con un señor que en uno de mis viajes en guagua se acercó a hablar conmigo en uno de los descansos cuando me dirigía al orfanato de Injibara, que llevan las Hermanas Carmelitas Misioneras de Santa Teresa. Me dijo que había visto como no les había dado dinero pero si lápices de colores a los niños que esperaban en la carretera. Me agradeció con lágrimas en los ojos lo que estaba haciendo. El había sido huérfano. Ahora era periodista. Y recordaba con admiración y todo el cariño del mundo a las personas que durante su educación se ofrecieron a ayudar.

Boletín-Carta desde Turkana

21 abril 2018 Publicado por Testimonios 0 comentarios sobre “Boletín-Carta desde Turkana”

Hola a tod@s:

Este boletín va a ser algo diferente, pero espero que no os decepcione.
Me piden que escriba un boletín a modo despedida, y me vienen tantísimas cosas a la mente…perdón, me acelero.
Me presento primero, soy Paula, una de las enfermeras que ha tenido la suerte de estar este año colaborando con el proyecto de la clínica móvil en Turkana con la Comunidad Misionera de San Pablo Apóstol.

Llegué aquí en enero, con la carrera recién terminada y me quedé alucinada con el proyecto que se lleva a cabo…es una auténtica pasada, y me encantaría que vosotros, los que lo hacéis posible, pudierais verlo de primera mano, porque es algo muy especial y muy grande. Aunque intentaré haceroslo ver con esta “carta”.

El proyecto, como sabéis, está compuesto por un conductor y tres traductores turkanas, más en el momento, por dos enfermeros kenianos, dos españoles y un manager. Entre todos intentamos dar posibilidades y opciones a aquellos que no tienen la suerte de contar con un sistema sanitario…¿por qué? Porque pocos se preocupan por ellos, porque son “los olvidados” de Kenia. Porque a pocos les importan.

Como enfermera, al menos en mi caso, al llegar aquí sientes un sentimiento de responsabilidad muy grande, puesto que su salud está en tus manos, ya que no existen profesionales sanitarios en la zona.

He vivido muchas experiencias que me han hecho replantearme muchas cosas, y que me han ayudado, sobre todo a aprender…a aprender que cada uno de nosotros, con poquito que hagamos, podemos cambiar algo de la vida de las personas; que con el “simple” (no tan simple) hecho de, por ejemplo, hacer un correcto seguimiento a una embarazada, podemos evitar que sufra futuros daños en el parto, tanto ella como su bebé. O con la administración de una vacuna en un recién nacido, evitando así una posible enfermedad futura que afectaría a dicho niño y a la familia.

La educación y prevención de enfermedades son nuestro objetivo, ayudarles a entender, intentarles transmitir lo que a nosotros se nos ha dado de forma gratuita, sin haber hecho nada para merecerlo, simplemente, porque sí.
Facilitarles un poco la vida, o hacérsela menos dura, demostrarles que son importantes, y que sus vidas SÍ importan, independientemente de cómo y dónde vivan, y cuales sean sus circunstancias.
Ellos tienen derecho, o deberían tenerlo, a una salud como merecen, una salud que merecen por el hecho de ser personas, exactamente iguales que nosotros, con la única diferencia de haber nacido en Turkana.

Nelson Mandela decía lo siguiente:
“Erradicar la pobreza no es un acto de caridad, es un acto de justicia” y creo que tenía mucha razón, eso intentamos, eso lleva intentando este proyecto y la comunidad misionera desde el principio, ser justos o intentar serlo.

Aquí he tenido la suerte de poder ver y participar en partos de mujeres, mujeres con una fortaleza abrumadora, con un umbral del dolor altísimo (puesto que, llevan en sus hombros una carga de sufrimiento muy muy alta), de ver cómo niños y adultos mejoran gracias a unos cuidados básicos,  que en España estarían cubiertos por la seguridad social…pero también se viven momentos de profunda impotencia, momentos en los que un niño desnutrido se apaga, por falta de alimentación y de agua, o en los que pacientes se mueren porque cuando avisan ya es demasiado tarde, debido a que han estado horas caminando para encontrar la misión…momentos y situaciones que no deberían permitirse, que nosotros, somos responsables, y que podemos y debemos cambiar. ¿Cómo? Dando oportunidades, enseñando, y facilitándoles una atención sanitaria en condiciones.

Este tiempo aquí me ha cambiado de una manera que ni yo misma sé expresar todavía, haciéndome ver lo injusto que es el mundo y lo poco consciente que era de ello antes de venir aquí.

Me gustaría terminar dando las gracias, a cada uno de vosotros que ayudáis a que esto salga adelante, gracias de mi parte y me atrevo a decir que también de parte de todos y cada uno de los turkana que ayudamos juntos.

Ojalá consigamos crecer como proyecto, ojalá consigamos seguir ayudando y hacer este “trocito de mundo” un poco menos injusto.

Un abrazo muy fuerte,

Paula.

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