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Mirando al cielo

7 junio 2017 Publicado por Testimonios 0 comentarios sobre “Mirando al cielo”

Aquí en Etiopía muchos niños no tienen nombre, crecen sin identidad porque hay pocas posibilidades de que puedan sobrevivir. Nada más nacer, las madres cortan el pelo de sus bebés dejando un pequeño mechón en sus cabezas. De esta manera se aseguran que un ángel pueda sujetarlos y llevarlos volando hasta el cielo en el caso de fallecer.

Las cifras muestran esta realidad. Aproximadamente el 44% de los niños menores de cinco años sufren desnutrición severa en Etiopía, siendo ésta la principal causa de mortalidad infantil. Expuestos desde que nacen, los que sobreviven son registrados cuando alcanzan la edad de los 7 años. Hasta entonces se mantienen anónimos, porque nadie se atreve a pensar en su futuro. Son los Abush o Mimi, niños y niñas sin identidad. “La falta de alimentos es la principal causa de este problema”, asegura Blanca Beltrán, misionera de la Comunidad Misionera de San Pablo Apóstol. “La mayoría de los pequeños que asistimos en nuestros programas de desnutrición no tienen nombre. Sus madres no quieren darles uno porque no tienen fe en su esperanza de vida”.

Desde hace 23 años, esta Misión trabaja en el Valle de Angar Guten ofreciendo asistencia sanitaria, educación preescolar y talleres de agricultura a las distintas comunidades que habitan en la zona. Un trabajo de más de dos décadas en las que han conseguido poner en marcha una clínica, dos puestos de salud y tres guarderías que atienden y dan de comer a más de 400 niños de la región. “Todos nuestros proyectos están enfocados en torno a la nutrición”, comenta Blanca. “Nuestro principal objetivo es que la gente tenga comida en sus casas, que puedan abastecerse, diversificar sus cultivos y obtener excedente para poderlo vender”.

En un país en el que el 70% de la población vive en zonas rurales, la agricultura es la base de su sustento. No obstante, la mayoría de los terrenos están dedicados al cultivo de maíz y sorgo, insuficientes para una alimentación equilibrada. “El problema de la desnutrición es la falta de educación, la gente no relaciona la salud con la alimentación”, asegura esta misionera. “En nuestros talleres de agricultura ofrecemos también cursos de cocina, y abastecemos a los campesinos de semillas para que abran sus cultivos a nuevos alimentos como la soja, el cacahuete, las judías u otras verduras”.

 Talleres que en amárico han rebautizado como “escuelas de producción de comida” y que la Comunidad Misionera de San Pablo Apóstol pretende extender a otros poblados como Abo Sahshover y Abo Goyam, a pocos kilómetros de su misión de Andode, y en donde acaban de realizar una primera sesión de exploración. “En este primer contacto el trato personal es fundamental”, afirma Blanca. “Una a una visitamos las casas de la zona para poder presentarnos y conocer de primera mano el estado en el que viven cada una de estas familias: de dónde cogen el agua, qué cultivan, cuáles son sus necesidades…”.

 Pero la falta de recursos es una constante entre los campesinos del Valle de Guten y los niños sin nombre una realidad en su día a día. Es el caso de la pequeña de Enat Ayenew, una de las mujeres que habitan en la primera aldea que visitan en este recorrido. Se trata de un asentamiento formado por desplazados que han huido de la hambruna y de la sequía de la región de Wollo, una de las zonas más pobres de Etiopía. Un pueblo de agricultores que ha emigrado en sucesivas oleadas hasta el valle buscando tierras fértiles donde poder cultivar.

Una vez aquí, las cosas siguen sin ser fáciles. Los habitantes de esta comunidad tienen que caminar 6 km hasta el poblado más cercano para recoger agua y la zona no cuenta con ninguna asistencia sanitaria ni educación. “Además de conocer sus necesidades, realizar estas visitas nos permite también descubrir determinados casos de desnutrición severa en los que es necesario actuar”. Así fue, precisamente como encontraron a Salomón y sus hermanos, los hermanos de Salomón son gemelos y la madre no podía alimentar a los dos, cuando el más fuerte se enfermó la madre vino a pedirnos ayuda, así nos dimos cuenta de que estaba dejando morir al gemelito más débil, al ver que la madre no creía que con la soja que le dábamos para los bebés los dos podían vivir, la fuimos a ver a su casa, ahí encontramos a Salomón que con 7 años “Su situación era extrema”, recuerda Blanca, “pesaba en torno a 19 kilos, por lo que también tuvimos que incorporarle inmediatamente a nuestro programa de desnutrición”. Gracias a estos cuidados, los gemelos fueron ganando peso. Poco a poco consiguieron recuperarse y, una vez fuera de peligro, fue entonces cuando su familia decidió darles un nombre. “Ese es uno de los momentos más emocionantes de nuestro trabajo”, asegura esta misionera, “ahí es cuando sabes que una madre se ha liberado de todos sus miedos, cree en el futuro de su hijo y apuesta por la vida”. Con Salomón la recuperación ha sido más lenta, sube de peso poco a poco, pero es un niño muy fuerte y con ganas de vivir, tenemos la esperanza de que remontará tantos años de desnutrición severa, este niño se ha agarrado a la vida con todas sus fuerzas.

En su lucha por sobrevivir desde que nacen, la falta de identidad hace aún más vulnerables a los niños en Etiopía. Un país en el que los menores de cinco años tienen 30 veces más probabilidades de morir que en Europa occidental. Es entonces cuando un nombre se convierte en algo más que un atributo. Es un reconocimiento a la existencia, una oportunidad.

Escrito por Paloma López del Hierro.

Un gran corazón

1 junio 2017 Publicado por Testimonios 0 comentarios sobre “Un gran corazón”

Si tuviera que resumir mi experiencia en Andode con Blanca y sus compañeras, me vendría a la cabeza un gran corazón. Eso es lo que tienen todas estas personas que realizan esa magnífica labor en esta remota aldea de Etiopía. Me fascinó la pasión, tesón, paciencia y, principalmente, amor, que dedican para llevar a cabo su trabajo.

Cuando llegué allí no sabía muy bien qué iba a hacer, y eso me gustó, porque lo que vas a hacer ahí se define según la necesidad del momento: hicimos desde inscribir a los niños en la escuela en el comienzo del curso escolar, como preparar leche de soja para la merienda de ellos, como talar unos mangos enfermos según las indicaciones de una agrónoma alemana que estuvo hace poco con ellas en Andode.

Cada uno aporta lo que puede y sabe, ya que todos tenemos algo valioso que aportar, o así por lo menos nos lo hacen ver. Pero sin duda, lo que me quedó claro es que quién más ganó en este intercambio, fui yo. Recuerdo como celebramos el año nuevo etíope con la gente de Andode, saltando la hoguera, y como, sin tener grandes cosas, no dudaban en compartirlas con nosotros, invitándonos a comer injera en su casa. Como los niños de la aldea reconocieron con una gran sonrisa a Cris, Mónica, Belén y Noe, cuando las vieron, ya que habían ido el año anterior, y no querían separarse de ellas, jugando sin parar.

También recuerdo con especial cariño los desayunos con Blanca y sus compañeras de la misión en la casa de Andode, en estos desayunos en los que Blanca me explicaba todo el trabajo que hacían, sus expectativas, sus dificultades, y en definitiva, la esencia de su presencia ahí. De todo esto, sin duda lo que más me fascinó fue el reto que configura su misión principal: ir ahí donde nadie ha ido, a un terreno en el que falta de todo, y todo está por hacer, sitios en los que hay que partir de cero para poner algo en marcha, ya sean escuelas para dar de comer a los niños desnutridos, talleres de agricultura para mujeres en las que se les enseñan cómo cultivar alimentos para poder tener comida, la construcción de pozos de agua para combatir las estaciones secas… Todo ello sin intermediarios y sin burocracia que a veces alejan a la mayoría de las organizaciones benéficas u ONGs de su fin principal: que la ayuda llegue al terreno.

Esto fue lo que me convenció del todo para seguir colaborando con ellos desde Madrid, vendiendo artesanía etíope para recaudar fondos para los diferentes proyectos que tienen de ayuda para alimentar a bebés y niños desnutridos, enseñar a mujeres formación básica de higiene para evitar la propagación de enfermedades, conseguir vacunas y vacunar a tantas personas como puedan, la construcción de pozos de agua, gallineros, huertas, y principalmente, llevar su valor humano allá donde se necesita.

Muchas gracias por acogerme con vosotros el poquito tiempo que estuve, y dejarme formar parte de vuestro proyecto.

Ade Dópico

Verano de 2012

“Papá, Mamá me voy de voluntariado”.

27 mayo 2017 Publicado por Testimonios 0 comentarios sobre ““Papá, Mamá me voy de voluntariado”.”

Nunca pensé que la mejor experiencia de mi vida empezase con un “Papá, mamá me voy de voluntariado”.

Todo empezó con unas ganas, una ilusión, una idea, con la necesidad de aprovechar el tiempo. Algo que a simple vista parecía una locura transitoria acabó consolidada en un pueblecito llamado Andode. A día de hoy no sabría deciros que fue lo que me impulso a irme de voluntariado, es algo que todavía desconozco; pero si os podría decir los millones de motivos que tengo para volver.

La experiencia de voluntariado es muy personal y cada uno la vive de una manera muy distinta, pero todos los que vamos, vamos por algo y eso es lo que nos une. ¿Si no, cómo podrían convivir trece personas totalmente diferentes en una casa? Trece personalidades, trece formas de ser y una cosa en común: el tratar de aportar ideas y trabajar en equipo para hacer que Salomón coma, Daniel sonría o ver la felicidad de los niños por hacer unas manualidades.

A mí el voluntariado me ha enriquecido como persona, me ha enseñado a vivir de otra manera. Aprendes que hay que luchar por las cosas, que hay que ser persistente, que no hay que rendirse a la primera y que con muy poco se puede ser feliz. Cuando vuelves, valoras lo que tienes mucho más y eres capaz de discernir aquello que tiene verdadera importancia, de lo que no; que por muy difícil que parezcan las cosas tienen solución.

En Andode he visto conseguir lo imposible, lo inimaginable, a base de perseverancia, esfuerzo y cooperación.

No sé quién leerá esto, pero si tú estás como mi yo de hace dos años, pensando en hacer un voluntariado y no te acabas por decidir, hazlo, vivirás tu experiencia a tu manera, pero te puedo asegurar que merecerá la pena.

Por último, agradecer a las misioneras Blanca, Pepi y Lydiah todo el interés y disposición que han puesto para que esta experiencia sea irrepetible.

Beatriz Gómez Tapia

Verano 2016

Cuatro Veranos con las Misioneras

23 mayo 2017 Publicado por Testimonios 0 comentarios sobre “Cuatro Veranos con las Misioneras”

Es muy complicado, después de haber compartido cuatro veranos en Etiopia con las misioneras de la Comunidad Misionera de San Pablo Apóstol, tratar de aunar mis sentimientos en una hoja de papel.

Uno de los primeros sentimientos que tuve hace cuatro años tuvo lugar en Muketurri, recuerdo sentirme al borde del abismo de la inmensidad. Estaba en un pueblo a 80 km de la capital trabajando en “solo” dos centros. Cuánto de representativa era nuestra ayuda? Si a nuestro alrededor había miles de pueblos que también necesitaban de nuestras manos… Fue ahí cuando me aferré a lo que decía la Madre Teresa de Calcuta: una gota de agua parece insignificante, pero el mar seria menos mar sin esa gota de agua.

A partir de interiorizar esa frase todo cambió y empezamos a trabajar poniendo “toda la carne en el asador”, todas nuestras energías en actividades muy diferentes, ya fuesen pequeñas o grandes como: registrar a los niños de la escuela, proporcionar la leche a los niños desnutridos, hacer huertos, pintar escuelas, dar clases de ingles, cocinar para una multitud… Lo importante no es lo que hacemos sino con qué objetivo lo hacemos.

Lourdes me dijo una vez que cuanto más das sin recibir nada a cambio, más lleno te sientes… cuánta razón tenía, y qué bonito que me hayan ayudado a experimentarlo en primera persona.

Necesitamos ganas, y con ganas y corazón somos capaces de un gran cambio. Me gustaría compartir con vosotros un momento de los mil y uno que me llevo conmigo. Un día en Mizan Teferi, con motivo de la celebración de Santa Clara, fuimos con Sarai y Esther a un lugar que recibe este nombre, allí viven doce mujeres que tienen lepra con sus familias. A modo de celebración y para intentar paliar el sentimiento de aislamiento social que sufren por su enfermedad, decidimos cocinar arroz para los 50 que seríamos (ardua tarea para los que estamos acostumbrados a cocinar – cuando lo hacemos – para dos o tres personas). Cuando llegamos a Santa Clara y vimos tantísima gente, supusimos que no habría suficiente arroz para todos, y pronto Sarai dijo susurrando: si no hay suficiente, no comemos.

La comida sobró, repitió todo el que quiso hasta que no pudimos más. Cantamos, bailamos, compartimos nuestras mejores sonrisas esperando a cambio una sonrisa aún más grande… y la tuvimos!

Gracias.

En este proyecto he aprendido a llevar a la práctica la frase de “se el cambio que deseas ver en el mundo”. Ellas son capaces de transmitirnos la fe necesaria para creer en que podemos ser capaces de construir un mundo mejor, y lo hacen esforzándose de sol a sol hasta conseguirlo, que se que lo harán, porque ya lo están haciendo.

“La vida no la vemos como es, sino que la vemos como somos”. Gracias por haber compartido vuestra visión de la vida y por permitirme, como estoy haciendo ahora, compartirla yo también.

Sofía García-Ramos Fojón (Popy)

Mi experiencia en Etiopía

20 mayo 2017 Publicado por Testimonios 0 comentarios sobre “Mi experiencia en Etiopía”

Cuando pensé por primera vez en ir a Etiopía sabía que iba a ser un viaje diferente a los demás y me invadía una mezcla de ilusión, miedo y curiosidad. Tenía claro que soy más de “acción” que de “queja”, así que me decidí a salir de mi zona de confort, conocer y vivir otras realidades y aportar mi pequeño granito de arena como voluntaria. Sentía la necesidad de comprender lo que las personas viven allí, poniéndome en sus “zapatos”, creo que es una buena forma de interiorizar y asimilar de verdad las situaciones que se viven en otros países donde no son tan privilegiados como nosotros somos. También sabía que iba a recibir mucho más de lo que iba a poder ofrecer y mi principal miedo era poder gestionar las emociones que iba a sentir. Con toda esa mezcla de sentimientos llegué a Muketuri, en Etiopía, para colaborar con la Comunidad Misionera de San Pablo Apóstol en su centro de nutrición y educación primaria para niños de entre 3 y 7 años. La primera vez que fui allí, en el verano de 2014 tenían más de 300 niños y el centro daba trabajo a más de 40 etíopes en distintos puestos, (profesoras, cuidadoras en el aula para niños con necesidades especiales, agricultores, vigilantes, cocineras, etc). En las ocasiones que he ido allí mi función ha sido principalmente impartir diversas formaciones a los trabajadores de los centros que la fundación tiene allí.

No sé por dónde empezar para explicar qué es lo que más me impactó de mis estancias en Etiopía. Seguramente lo que más me sorprendía cada día y me hacía estar en lo que yo llamaba “un estado de shock permanente” era descubrir la calma relajada con la que los héroes y heroínas que sobreviven allí aceptaban su suerte y decidían enfrentarla con una sonrisa resignada.

Vivir sin agua, con continuos cortes de luz, con menos de un dólar al día para mantener a tu familia, con escasez de comida, sin ropa de abrigo durante la época de lluvias cuando hace mucho frío y llueve continuamente, (la altitud es de 2.600 metros): eso forma parte de tu día a día si has nacido en Muketuri. Y desgraciadamente es la situación generalizada en gran parte del país.

Yo no podía aceptar que esa realidad estaba ocurriendo en un país en pleno siglo XXI. No podía acostumbrarme a la idea de que la esperanza de vida fueran 55 años y de que la mortalidad infantil fuese del 64‰ antes de los 5 años, de la enorme cantidad de niños desnutridos en sus primeros 3 años de vida, además de abandonos, abusos y malos tratos que muchos de ellos sufren.

Me di cuenta de que ser niño en Etiopía es muy difícil, pero sobrevivir siendo un niño con discapacidad es algo así como un milagro. Además, por si fuera poca la mala suerte en el reparto de la baraja cuando te toca la carta de la discapacidad vas a tener que enfrentarte con el rechazo del resto del poblado e, incluso, de tu familia, ya que se considera un “mal de ojo”, o, en el peor de los casos, que la familia lo merecía por sus pecados o acciones pasadas.

Además, cuando eres niño y tienes menos de cinco años lo tienes más difícil: todavía no puedes trabajar cuidando vacas o yendo a buscar agua, por lo que no puedes ayudar a la familia, y por tanto, vas a ser el último en comer: eres el menos “productivo”.

Pero toda moneda tiene dos caras. Y a mí me gusta “elegir”, además, ver siempre la parte positiva de cada una de las experiencias que vivo. Así, que, en este caso, también han sido muchos los aprendizajes y emociones positivas que me he traído de Etiopía.

He reflexionado sobre lo que tantas veces hablamos de desarrollar “fortalezas”, esas capacidades que nos hacen ser mejores en el trabajo o, en general, en la vida. ¡Qué diferente es el entorno en que estas personas viven y que hace que casi todos desarrollen grandes fortalezas para poder sobrevivir!

He admirado su fortaleza, su capacidad de adaptación al entorno, sin quejarse ni obsesionarse con lo que pasará dentro de un año, o dentro de un mes. Lo importante es el aquí y el ahora… ¿Quién sabe dónde estaremos mañana?

He admirado su capacidad de sonreír, de verdad, desde el corazón, no sólo con la boca, sino también con los ojos y con el alma. Es increíble el sentimiento de gratitud a la vida que tienen, simplemente por el hecho de “estar vivos”. ¿Hace falta algo más para poder vivir que “estar vivos”?

Me ha sorprendido su resiliencia y su aceptación, sin quejarse, sin malgastar energías en el victimismo, (y eso que todos tenían, a mi modo de ver, muchos motivos para poder hacerlo). Creo que ellos saben que emplear sus pocas energías en quejarse no va a hacer que su familia coma ese día o que sus niños se recuperen de la enfermedad, así que lo que hacen es simplemente… ¡aceptarlo y centrarse sólo en lo que está en sus manos!

He admirado también sus tremendas ganas de vivir, de disfrutar, es increíble la capacidad del ser humano para adaptarse a las situaciones más complicadas con un gran instinto de supervivencia. Y también admiro la capacidad de normalización de los niños, la espontaneidad para asimilar cualquier situación.

Siempre tengo la sensación de que he disfrutado de un gran privilegio en Etiopía, conociendo y aprendiendo de grandes maestros, que me han enseñado muchísimo y de que voy a intentar practicar todo lo que aprendí con su ejemplo.

Cada niño que he conocido ha sido para mí un gran maestro. Para mí los niños en África son los grandes héroes, merecen mi total admiración. Cada uno de ellos tiene detrás una tremenda historia que haría sonrojar al más estoico. Y una de las cosas que más me maravillan es que, a pesar de esas historias de abusos, abandonos, falta de cariño o de no tener cubiertas las necesidades más básicas que necesita un bebé o un niño, todos ellos conservan la sonrisa y te la regalan con tan sólo ver la tuya.

Me quedo con lo que he aprendido allí. Que no hay que gastar energía en lamentarse, sino en construir. Que lo importante es elegir qué vas a hacer con las cartas que te han tocado en la partida de la vida. Que lo mejor es dar las gracias por poder abrir los ojos un nuevo día y hacerlo al lado de personas que te sonríen. Que es mejor jugar y disfrutar hoy porque quizás mañana ya no estés aquí. Que hay que compartir lo que tienes, porque el bienestar de la comunidad es el tuyo. Que tu energía es mejor concentrarla en la vida, en el hoy, en este momento: es el único que tienes.

¡Gracias de corazón, maestros!

Noelia Bermudez

Coach Ejecutivo. . Zaragoza.

Desde el punto de vista médico

29 abril 2017 Publicado por Testimonios 0 comentarios sobre “Desde el punto de vista médico”

Aterrizas en Madrid, bajas del avión y enfilas los pasillos y vestíbulos del aeropuerto. En seguida nos damos cuenta de que ya hemos abandonado la realidad de hace un par de días para volver a “nuestro” mundo. De vuelta en Madrid, sólo nos quedan palabras de agradecimiento y gratitud para expresar lo vivido durante el pasado mes de agosto en Andode.

Al llegar a Etiopía te ves envuelto en un ritmo de vida algo frenético en el que todo el mundo parece que vela sólo por sus propios intereses. El tráfico es caótico y las aceras (cuando las hay), están plagadas de contrasentidos que te hacen creer que estás en distintos países a la vez, vives situaciones completamente opuestas a cada paso que das: niños pidiendo limosna, estudiantes o trabajadores bien vestidos rumbo al trabajo, limpia botas y alguna persona tumbada que a veces crees que ya está descansando eternamente.

Cuando abandonamos la gran ciudad y llegamos a la misión nos sentimos desde el primer momento como en casa, integrados y arropados por misioneras, trabajadores, niños y el resto de voluntarios españoles que estaban en ese momento.

Hemos aprendido un montón, hemos descubierto un montón de rincones nuevos y hemos disfrutado de un mogollón de sonrisas que te dan la vida. Antes de salir de España ya sabíamos que íbamos a colaborar en todo tipo de proyectos, que iba a ser una experiencia muy enriquecedora como estudiante de medicina y fotógrafo que somos, pero cualquier expectativa se ha quedado corta.

Desde el punto de vista médico hemos visto enfermedades desconocidas hasta el momento para nosotros y que probablemente no vayamos a volver a ver en España (lamentablemente el mundo está mal repartido y mientras que en algunos sitios la problemática es la desnutrición, aquí es la obesidad). Hemos tratado con personas en su estado más vulnerable, las cuales a pesar de no poder ayudarlas siempre han respondido con la mejor de sus sonrisas.

Explicar en un texto todas las emociones que hemos sentido en estos días es casi imposible. Cocinar lentejas para dar de comer a Salomón y ver la felicidad con que se las come, el estar un ratito con Daniel ayudándole a que aprenda a andar y estimulándole, ayudar a pintar la guardería para que los niños empiecen el curso en unas aulas llenas de color, colaborar con los trabajadores en la creación de un huerto, de los canales, son hechos que parecen nimios. Pero cuando tienen como resultado que Salomón gane kilos, que Daniel mejore y que contribuyas a su felicidad, os aseguro que sólo por una de estas pequeñas cosas merece la pena haber tomado la decisión de realizar el voluntariado en Andode.

El hecho tan pequeñito de pasar una tarde jugando con las niñas a la comba, verlas reír, cantar, bailar, te hace olvidar un poco los problemas que podemos tener todos en nuestras vidas y pensar que si ellas con tan poco son felices ¿por qué nosotros no tenemos derecho a serlo con mucho más? En Andode hemos aprendido a relativizar todo mucho más y a partir de ahora será complicado encontrar una buena razón para poder quejarnos sin sentir que no debemos hacerlo.

Nos dejamos muchas cosas que no sabemos cómo expresar, pero tenemos claro que volvemos con más de lo que nos fuimos. Habremos aportado un granito de arena muy pequeño, pero sólo con una de las cientos de sonrisas que hemos recibido ya compensa. Un trocito de Andode estará ya siempre en nuestros corazones.

Andode – Valle de Angar Guten (1 -25 de agosto de 2016)

Elisa Casado y Francisco Marián.

 

Proyecto Nyangatom – Etiopía

19 abril 2017 Publicado por Testimonios 0 comentarios sobre “Proyecto Nyangatom – Etiopía”

Me gustaría poder contarles al detalle, el cómo surgió esta locura de amor, a la que nosotros empezamos a llamar “Proyecto Nyangatóm” sin saber que era así como lo llamaban los misioneros de la comunidad de San Pablo Apóstol (MCSPA), pero me temo que me extendería demasiado. Lo que sí que les puedo contar es como la Divina Providencia intercedió tres veces durante nuestro discernimiento vocacional misionero.

La Primera vez fue cuando me puse en contacto con el padre David Escrich a través de un largo correo, explicándole las inquietudes que me llevaban a tomar dicha decisión, y muchas otras cosas que hoy por hoy creo que se las dije únicamente para tratar de convencerle de que me aceptara. Temiendo que me rechazara como se hace en las entrevistas de trabajo, encomendé mi futuro misionero en el santuario de Serrano, Madrid. Su respuesta fue una mezcla entre entrevista de trabajo y respuesta divina: Ya te llamaré, en una semana estoy en España… Ahí es donde vimos el primer regalo de la Divina Providencia, víspera de la peregrinación al que fue el hogar de San Francisco Javier, patrón de las misiones, y también conocida como “La Javierada”.

La segunda vez en la que vimos la mano de la Divina Providencia fue una semana después de la contestación por parte del padre David. Yo ya había perdido toda esperanza en volver a saber de él, por lo que en una misa a la que asistí antes de entrar a trabajar, volví a encomendar esa vocación, y me tome la liberta de pedir a Cristo (Pedir y se os dará. Mateo 7:7) que me mandase a la misión que me mandase, ésta fuese una misión que estuviese empezando de cero. Al salir de misa recibí una llamada ¡del padre David! Me citó esa misma tarde en la parroquia de San Bernardo. Durante la conversación que mantuvimos en la cita me dijo que yo no iba a ir a Kenya, si no que a Etiopía… ¡a una misión que estaban fundando y estaban empezando a montarla! increíble, no habían pasado ni 24 horas y ya estaba recibiendo de la Providencia Divina un nuevo regalo. Se lo conté al padre David y se quedo alucinado… como para no.

El billete me lo saqué al día siguiente de mi cita con el padre David, del 18 de agosto al 18 de enero, ambos días de Alianza para agradecerle el favor a la madrecita. Fue después de un mes de esto cuando volví a quedar con el misionero, perdón, MISIONERO. Le invite al sótano de la JM de la casa de los padres en la calle Serrano, ya que estaba buscando la forma de involucrar al movimiento de alguna manera con este proyecto. A la reunión acudieron el padre Juan Barbudo, Álvaro Aymerych “Aymero” y Pablo Martino. Nos estuvo explicando los objetivos y la situación en la que se encontraba en ese momento la misión y al finalizar nos fuimos a consagrarnos al santuario. Ahí volví a ejercer mi “derecho” de pedir para que durante la misión me ayudasen de alguna forma a mantener viva la llama de mi santuario corazón. A los cinco minutos de irse el padre, Aymero y Martino vinieron secundados por el padre Juan para decirme: “Guille no te puedes ir sólo, así que vamos contigo”. Desfase ¿no? ¡Ésta vez la Mater no dejó que pasasen ni cinco minutos para responder a mis súplicas! Entre los tres convencimos al padre Juan a hacernos una visita.

Nuestro lema fue y sigue siendo en nuestras vidas diarias. MISSUS SUM. SOMOS ENVIADOS.

La misión bajo el manto de María:

El primer mes en Kenya lo pasamos, Pablo y yo, viviendo en la casa de los hermanos de la caridad, en el barrio de Pangani, situado junto al Slum de Mandare. Fue el mes más duro de los cinco que vivimos en África, ya que nos dedicábamos a atender a los llamados “niños de la cola”. Estos niños no eran otros que aquellos que vivían una situación de deshumanización total, debido a que su único hogar era y es la calle. Niños de doce o más años que buscaban aislarse de su pobre vida drogándose con pegamento. Los Hermanos de la Caridad rezaban todos los días con ellos y les daban de comer día y noche, y esos momentos eran los únicos donde estos niños no se sentían miserables, y era, sencillamente, porque recibían amor. Pablo y yo llegamos a la conclusión de que era como si cuidásemos del propio Jesucristo.

Llegamos a la tribu de los Nyangatóm un 18 de septiembre, con Aymero ya incorporado. Nos gusta pensar que San Francisco Javier tuvo, al llegar al Japón o a las Indias, la misma impresión que tuvimos nosotros al llegar a Kakuta, nuestro poblado. Vimos a gente que vivía en pequeñas aldeas cercadas con palos, pastores de cabras, en su mayoría ancianos, vestidos únicamente con mantas y armados con un látigo y un ekicholón (silla típica de madera en la zona), que nos saludaban con una felicidad plena. Poco después nos demostraron que eran felices con tan solo la manta, el látigo, el ekicholón y sus cabras. No necesitaban nada más. He de decir que el lugar donde nos encontrábamos era una zona muy árida, donde las termitas oteaban la enorme llanura desde lo alto de sus largas chimeneas. La única vegetación eran unos arbustos que tenían en sus ramas unos pinchos de más de cinco centímetros, a los cuales, solo las cabras se atrevían a arrimarse para poder pastar lo único que hay se podía. Las mujeres eran las más duras que hemos conocido, de anchos hombros y cuello fuerte, y así debían ser para poder cargar sobre su cabeza los pesados “yerricans” de veinte litros. Los niños eran, como siempre, los mejores. A veces, se les veía pasear junto con sus padres, y las cabras, agarrados de la mano, otras correr descalzos por la polvareda llena de pinchos y casi siempre tal y como Cristo los trajo al mundo.

Nos extrañaba mucho el no ver a jóvenes, y el padre David nos contó que a los quince años, se iban a las montañas con el ganado vacuno donde había más pastos, y que volvían en época de lluvia. Los pocos que había iban siempre armados con su AK-47 por si el enemigo decidía atacar.

Nuestra integración en la tribu fue una maravilla y de una rapidez extrema. En menos de un mes nos podíamos comunicar con los autóctonos en su idioma, gracias a que estos eran las personas más amigables y que más gesticulaban que nos habíamos cruzado. Cuándo necesitaban algo venían a nosotros e intentábamos hacer lo que en nuestras manos estuviese posible. Muchas veces el problema nos sobrepasó, como es el caso de un hombre de 30 años, que vino, desde Sudán del Sur y con un dolor fortísimo en el estómago, a buscar nuestra ayuda. Cuando tratamos de llevarlo a Kangatem, la ciudad más cercana que se encontraba a dos horas de distancia (si no nos quedábamos atascados en el barro), el camión no arrancaba, y tardamos dos días en arreglarlo. Mientras lo trasladábamos de urgencia junto a su mujer y a su hijo recién nacido intuimos que al pobre hombre no le quedaba mucho tiempo. Tardamos cinco horas en llegar a la ciudad y en dejarlo en el dispensario. A la hora, efectivamente, nos comunicaron que había fallecido y que nos los teníamos que llevar, ya que ellos, al ser el fallecido procedente de Sudán, no se hacían cargo del muerto. A la vuelta tardamos 6 horas, y al llegar a la aldea donde lo atendimos por primera vez nos dijeron que había que enterrarle en su lugar de nacimiento, por lo que acabamos a la una y media de la noche cavando una fosa donde enterrarlo católicamente. Se llamaba LOWI, y a parte de él, también murieron una niña de trece años de pulmonía y un hombre de cuarenta y algo de hambre.

Había noches en que incesable ráfagas de metralletas nos despertaban asustados, y otras en que eran las fieras (hienas o leones) los que se encargaban de hacer dicho trabajo. En el campamento no disponíamos de ducha con agua corriente, ésta era un bidón mal puestos encima de unos tablones. Tu vimos que cavar una letrina que a los dos días de funcionamiento se vio abnegada y fuera de uso por culpa de las fuertes lluvias. Hubo días en los que apenas probamos bocado y en los que el agua escaseo. Nuestra calidad de vida en comparación con nuestras vidas en España era un desastre, pero nunca fuimos tan felices y no hemos vuelto a sentir a Cristo tan presente como entonces, excepto cuando recordamos nuestro paso por ahí.

Me encantaría contarles más de nuestro paso por Nyangatom, pero necesitaría una revista entera. A día de hoy la comunidad Misionera de San Pablo Apóstol ha conseguido que los Turkana y Nyangatóm convivan en paz. Han construido unos 6 pozos en la zona para abastecer de agua a toda la población de Kakuta (unas 3000 personas). Están montando un proyecto para tener una ambulancia móvil que recorra todos los poblados Nyangatóm de la zona, y siguen buscando sitios en las montañas donde poder levantar presas e intentar llevar agua corriente a las aldeas.

Como miembros de la JM España, estamos recaudando dinero para operar urgentemente a tres casos graves de niños. También vamos a formar grupos de misioneros para que vayan cada año a Nyangatóm, y quién sabe, si con el tiempo, cuando las necesidades básicas de la población local estén cubiertas, empezamos a recaudar dinero para construir una capilla a la Mater, Tres Veces Admirable, pero ésta vez como madre de los Nyangatóm.

Un fuerte abrazo.

Guillermo García-Arias.

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