El inicio del año en la Misión de Muketuri coincide con el mes más seco, que paradójicamente es el momento más adecuado para excavar y perforar pozos en la región de Wuchale Woreda, en Etiopía, declarada zona de inseguridad alimentaria.
Para nosotros, los misioneros, llevar agua a estas comunidades es motivo de alegría y un verdadero signo de esperanza. Pero para las familias beneficiadas supone un cambio radical, un antes y un después que transforma sus vidas para siempre.
Alemu, un anciano de 70 años, nos observaba cada día que visitábamos su aldea, Lego. Estuvo presente desde el momento en que señalamos el punto donde se encontraba el agua con la ayuda de un zahorí, hasta la llegada de la máquina perforadora y el inicio de los trabajos.
Un día me acerqué a saludarlo y me confesó que, a lo largo de su vida, había visto pasar a muchas personas que prometían llevar agua a su pueblo, pero nunca regresaban. Esta vez, sin embargo, parecía que la promesa por fin se haría realidad.
Cuando alcanzamos el acuífero y vimos brotar el primer chorro de agua, busqué a Alemu. Estaba profundamente emocionado. Me abrazó con fuerza y me dijo: “Ahora puedo morir tranquilo. Dios me ha permitido vivir lo suficiente para ver agua en mi aldea. Sé que mi esposa, mis hijos, mis nietos y todos en este pueblo —que son mi familia— comenzarán una nueva vida con acceso a agua limpia. Es el inicio de una nueva etapa”.
En Lego, las mujeres y los niños solían caminar dos horas para recoger agua de una fuente contaminada, o hasta tres horas si querían conseguir agua limpia.
Este es solo uno de los muchos testimonios de personas que se han beneficiado de los pozos perforados este año. Nuestra más sincera gratitud a todos los que hicieron posible este cambio que ha transformado tantas vidas.
Blanca Beltrán, MCSPA
Misión de Muketuri [Etiopía]











